
Su respiración era algo hostil: al tiempo que expiraba iba provocando pequeños remolinos que hacían que las hojas se cayeran de los árboles.

Es entonces cuando comenzaba a pintar también el suelo, y a depositar pequeños obsequios silvestres que alguna niña afortunada, quizás de rizos dorados y ojos claros, los recogería en su cesta...


Este hombre tan singular también nos deleitaba a su paso con otros delicatessen, como uvas moradas...

y verdes...

Incluso me llenó la despensa de nueces, castañas y almendras...

Y cuando quise darme cuenta...ya se había esfumado. Pero antes de llegar a mi destino, desde el suelo me hizo un guiño para que supiera que todavía seguiría presente unas cuantas semanas más...
